Recuento histórico de la importancia del Istmo de Tehuantepec.

El istmo de Tehuantepec se encuentra ubicado entre el golfo de Tehuantepec, en el Pacífico y la bahía de Campeche. Debido a su ubicación, existía desde tiempos de la Colonia el proyecto de construir una senda marítima que uniera al Golfo de México con el Océano Pacífico.

Una vez que se perdió la Alta California, con motivo de la Guerra de 1847, y la fiebre del oro (the gold rush) en California, los estadounidenses buscaron una vía que acortara la distancia entre Nueva York y San Francisco. Para los gringos no quedó duda de que esa ruta era a través del istmo de Tehuantepec.

Para tal efecto, se fundó, en la década de 1850, la Compañía Louisiana de Tehuantepec que “buscaba conectar por ferrocarril el Pacífico con el Atlántico”. Durante la Guerra de Reforma, la cual enfrentó a los liberales, dirigidos por Benito Juárez, contra los conservadores, liderados por Miguel Miramón (el “joven Macabeo”), Tehuantepec ocupó un lugar clave en la contienda.

Los surianos negreros en la Unión Americana deseaban más territorios al sur del río Bravo, pero el gobierno juarista, por conducto de su canciller, Melchor Ocampo, sólo ofreció ventajas comerciales. Sin embargo, “la bolsa vacía y la espada del Macabeo” (José Fuentes Mares dixit) convencieron a Juárez de aceptar el trato con el Mefistófeles norteamericano.

El 14 de diciembre de 1859, el embajador estadounidense, Robert M. McLane, y el ministro de Relaciones Exteriores, Melchor Ocampo, signaron el Tratado, cuyo artículo 1° era muy claro: “La República Mexicana cede a los Estados Unidos a perpetuidad, y a sus ciudadanos y propiedades, el derecho de vía por el istmo de Tehuantepec”.

Para fortuna de México -y de la causa liberal-, el Tratado McLane-Ocampo, debido a la división en el congreso estadounidense, fue rechazado. De esta manera, el Prometeo de San Pablo Guelatao había realizado una jugada magistral, pero altamente riesgosa de la diplomacia juarista. Como diría José Fuentes Mares: “Todo por encima de las posibilidades. Dios tuvo que ser absolutamente juarista en 1860”.

Ya durante el Porfiriato, el empresario británico, Weetman Pearson, trabó amistad con Porfirio Díaz, su ministro de Hacienda, José Ives Limantour, y su suegro, Manuel Romero Rubio. Estos contactos permitieron a Pearson lograr la “encomienda de construir el Ferrocarril de Tehuantepec y sus dos terminales: Salina Cruz, en el Pacífico, y Coatzacoalcos, en el Golfo” (Meyer, Su Majestad Británica contra la Revolución Mexicana, 1900-1950, El Colegio de México, 1991, pp. 83).

Los británicos planeaban enlazar, a través de Veracruz, Tabasco y Campeche, el Ferrocarril de Tehuantepec con el tren de la península de Yucatán. La creciente influencia británica en México molestó a los estadounidenses: en 1902, el gobierno mexicano recibió una nota de su contraparte norteamericana requiriendo una explicación de “por qué Estados Unidos y sus ciudadanos deber ser excluidos de manera tan detestable”. (Garner, Leones británicos y águilas mexicanas, Fondo de Cultura Económica, 2013, pp. 191)

Con bombo y platillo, en enero de 1907 fue inaugurado el Ferrocarril Nacional de Tehuantepec, “tan importante como el canal de Suez”. El presidente Díaz y su esposa, Carmelita Romero Rubio; Pearson y su cónyuge, Annie Cass; cinco miembros del gabinete; los gobernadores de Oaxaca, México y Tamaulipas; y los representantes diplomáticos de Estados Unidos, el Reino Unido, Alemania, España, Japón, Bélgica, Rusia, El Salvador, Cuba y Guatemala asistieron a tan magno evento.